Sentirme vivo siempre que tengo lo que quiero sentirme fuerte tan fuerte como el acero y las ganas que me das para poder continuar y saber que no estoy solo despertarme en la mañana y poderte tocar eso vale mas que el oro.
Mirar en tus ojos y ver el calor del futuro una vida serena y un lugar seguro sincerarse hasta el punto de quedarse desnudos sin espada y sin escudo que no existan secretos que no existan fronteras eso yo te lo aseguro.
Que es como tocar el cielo con mis manos sentir la sangre como corre por mis venas sentirme vivo y en pies y mucho esfuerzo bailando en el centro del universo.
Y de acuerdo a la vida si se trata de mi solo yo lo entendería y de que me serviría si no te tengo aquí no me lo perdonaría.
De la ciudad moruna
tras las murallas viejas,
yo contemplo la tarde silenciosa,
a solas con mi sombra y con mi pena.
El río va corriendo,
entre sombrías huertas
y grises olivares,
por los alegres campos de Baeza
Tienen las vides pámpanos dorados
sobre las rojas cepas.
Guadalquivir, como un alfanje roto
y disperso, reluce y espejea.
Lejos, los montes duermen
envueltos en la niebla,
niebla de otoño, maternal; descansan
las rudas moles de su ser de piedra
en esta tibia tarde de noviembre,
tarde piadosa, cárdena y violeta.
El viento ha sacudido
los mustios olmos de la carretera,
levantando en rosados torbellinos
el polvo de la tierra.
La luna está subiendo
amoratada, jadeante y llena.
Los caminitos blancos
se cruzan y se alejan,
buscando los dispersos caseríos
del valle y de la sierra.
Caminos de los campos...
¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!